La intensidad con la que llevamos a cabo nuestro programa de ejercicio o entrenamiento es fundamental para lograr nuestros objetivos.
Existen varios métodos para calcularla. La medición fundamental es la medición del consumo máximo de oxígeno (VO2max) a partir de pruebas de esfuerzo que pueden a su vez ser máximas o submáximas, directas o indirectas. A partir de esta medición y de otras variables como la evolución de la curva de lactato y la frecuencia cardíaca, los entrenadores, médicos y deportistas logran modular la intensidad del entrenamiento sobre todo en las disciplinas aeróbicas o mixtas. Sin embargo, tanto la VO2max y algunas pruebas como la evolución del lactato, requieren sofisticación de método y equipos y por ello se reservan para los deportistas competitivos de cierto nivel o de alto rendimiento, o para las personas con condiciones médicas que conlleven riesgo durante el ejercicio.
Existen métodos más sencillos para monitorear la intensidad del ejercicio que son muy útiles para quienes hacen ejercicio por salud y que son autónomos para modular su nivel de actividad física o ejercicio cotidiano: la Escala de Borg nos permite cuantificar de manera subjetiva la percepción de la intensidad del esfuerzo y nos sirve para distinguir entre ejercicio vigoroso y ejercicio de intensidad moderada.
Las sensaciones que la persona que se ejercita perciba durante el esfuerzo también son muy útiles para auto monitorear la intensidad del ejercicio. Por supuesto que en este sentido lo más evidente serán las sensaciones en el sistema músculo esquelético como la “tensión” muscular o el dolor y la respiración. Si tiene dolor en músculos, tendones o huesos, probablemente la intensidad y /o el volumen de su entrenamiento estén siendo excesivos y usted se está exponiendo a la acumulación de fatiga y al sobreuso. En cuanto a la respiración vigile si es si es capaz de conversar cuando está corriendo. En las actividades aeróbicas, ser capaz de conversar con un compañero o cantar durante el entrenamiento denota que la intensidad del esfuerzo está por debajo del umbral anaeróbico. No ser capaz de mantener una conversación fluida denota que usted probablemente cruzó el umbral.
Finalmente, la frecuencia cardíaca -medida en contracciones por minuto- resulta ser bastante simple y útil por sí sola. En el humano, el aumento de la frecuencia de las contracciones cardíacas durante el ejercicio representa la exigencia a la cual se somete el sistema cardiovascular y de transporte de oxígeno durante el ejercicio. A mayor intensidad de esfuerzo, más rápidamente debe contraerse el corazón para llevar oxígeno y nutrientes a los músculos; sin embargo, a medida que el acondicionamiento físico progresa, la frecuencia cardíaca será más baja durante el reposo al igual que frente a un nivel de ejercicio dado. O sea que su corazón hará el mismo trabajo contrayéndose más lentamente porque será capaz de empujar más sangre con cada contracción. La frecuencia cardíaca o pulso puede medirse en cualquier arteria usando los dedos índice y medio. Este método, sin embargo, es bastante inexacto para monitorear la frecuencia cardíaca durante el ejercicio ya que durante el mismo, la frecuencia cardíaca rápidamente retorna al nivel de reposo lo que obliga al deportista tener la destreza para medirla rápidamente. Gracias al desarrollo de los monitores de frecuencia cardiaca, el control de la frecuencia cardiaca se ha facilitado y esta variable fisiológica se ha popularizado mucho entre los deportistas de rendimiento y los aficionados para controlar la intensidad del esfuerzo. La evolución de la frecuencia cardíaca que registra el monitor durante el entrenamiento o la competencia, se asemeja al registro de las revoluciones del motor que registra el tacómetro de un automóvil. De manera más objetiva que las sensaciones o las escalas, la frecuencia cardíaca nos permite cuantificar el esfuerzo y saber si este es vigoroso o moderado, o si estamos entrenando en “zona” aeróbica o “zona” anaeróbica.